La tarde
© Mariano Alejo de los Santos

La tarde enconada me da los últimos colores.

Se impone la antigua mentira de un mejor día.

En los ángulos la declinada luz asecha y arremete. Las sombras nos

rompen. Mutilan las caras. En un rato no seremos los mismos.

 Otra vez; la extranjería de las almas en un lugar que no les pertenece.

Se entrampa la tarde en la mentira de la noche. De nadie es la culpa.

Sueño de sueños el goce de un atardecer eterno.

Ser feliz o no serlo. La inobservancia de la ley natural.

De modo profético algún Dios pasará la mano y todo quedará igual.

Jerusalem

Sólo tú eres. No los dioses que sobre

ti se cierran, los monumentos hundidos

que niegan tu cuenca de brillo y destino

de brazos que llegan al límite y sepultan

las bocas sin nombre o los siglos de metal.

Los idiomas distintos pretenden tu muro,

que acaso no es secreto y se confunde en

el cóncavo clamor de tu pueblo erguido.

Todo vive, luciente, ahí donde debe ser.

Mirando creo, única tierra, ver y ver la

poderosa trompa que sorprende y canta

tu temprana cuidad que fulge. Nunca

fuiste el imperio que el Hombre te impuso,

cuando tu suelo era anhelo numeroso

y voz puntual y estandarte.

Tu germen vertiente fue degollado, y tu

soldado en la arena impar se apagó.

Entonces, el rumor entrante -el aullido

vencedor- consume la miserable noche

colectiva, y la nítida madera postrera

incuba, se parte y bautiza los cuatro pies

del discípulo. Así comprendes el valle

florido y abarcas el polvo. Nos íbamos a

ver de un día a otro y cruzar las prisiones,

tus garras y el sofocante convento que desfila

 en tu reino vacío. El dolor grave templa tu

cuerpo de desembocadura y banderas, que

cautivas o victoriosas son el río compartido

que esconde tu manto. Hasta hoy se imprime el

aguerrido relato, pero cuando las cúpulas sean

abandonadas y la materia en que te hállas

respire, se elevarán las bandejas y los racimos

empapados mostrarán, furiosos de combate,

el implacable don de tu fragancia.  

Yo sé que existo ahí  

Yo sé que existo ahí, en el ignorante amor que glorifica las cosas.

Roto el ropaje de los pueblos que no entienden, las manos anidan y se funda el homenaje.

¿Qué se pierde? Dime si tanteo en el lugar equivocado.

Dime si duele el crujir de la nativa tarde.

Titilas, tela de amante, y cuelga del aire tu ingenuidad. Figura de ojos, firme y muda. A mí me gusta descender por tu cotidiana piel, donde la dicha late:

los aromas, el nombre duro del centro frío del fuego,

y el verso de madera.

Hoy no soy, hoy no es. Los visitantes, que desde el poniente arrasan con las íntimas aguas, no descubren que en ti misma eres mediodía, hondura y alegría.

Remansado

Remansado en el terrible azar que infama los sucesivos días, adivino tus manos.             

Tuercen, dan, califican

descrucifican, acarician y llenan.

Pero no me tocan, nunca me tocan. 

Soy el que siempre está solo. Sos la clepsidra que el Señor del Tiempo soñó,

y que a mí me olvida.

 

Al amor dichoso

1

Habrá un blanco momento:

campanas y tambores te alentarán.

El amuleto de la batalla ganada dice

que saldrás de los bordes como insidiosa.

2

Las columnas que imponen eternidad no te bastan.

Por ti hay una cruz, generaciones, Tierra y fuego, evangelios, ponientes y oro.

Entre las cosas que son, sé que hay una que me está vedada: pequeño componente de todo inicio, eres cierto y frecuente en las almas claras.

Ah, el pájaro te sigue de mejor forma!!!

No hay pueblo que te evoque o música o verso, sin saber que renombra al objeto primero que alguien escondió en un mandamiento y en el color rojo.

Ayer te pensó un niño y un soldado.

Yo no me atrevo a pronunciarte.

 

La medida del día

Haber tenido la medida del día, y haberla perdido.

La sombra que no cubre al sueño demora en rendirse ante el olvido. De misterio y de plata es el diálogo siempre fingido.

Yo exulté las presuntuosas sílabas de la palabra anteguerra y te las mostré.

Pienso en la variable línea que separa a los mares de la arena, que es una sola. Pienso que esa línea también separa al hombre de su pasado.

En silencio, no necesito nada más. Reclamo y aguardo.

 

Un muerto

El bizarro aparato (que es la vida) se consintió.

Te urge la desesperación de llenar los días, que ahora son iguales.

Te cercarán las fortuitas orgías de voces, al principio tuyas, ya después de los otros.

Te queda el recuerdo de aquel beso último, incesante y  plural, que ahora marcha por tu piel fría.

 Te queda la vergüenza de dos inútiles cerraduras que nadie abrirá desde tu lado.

Eres el mismo. La noche se dejará vencer otra vez, y en el alba te darás cuenta de que sólo te falta un nombre propio y algunas triviales costumbres. Ya tuyo el común brillo de los que están a tu lado.

Quienes dispersaban conjeturas y se prefiguraban el temprano final de la trama (que es lo que tus días fueron),

se han arrepentido. No te asombres. Es el íntimo dolor por el que  se ha ido.

Te queda la obligación de saborear el estar muerto.

El secular anatema se presentó irreversible.

Vislumbrar lo que sigue es ahora tu empresa.

Entra la mañana y tienes el Tiempo; te abruma y te pesa.

 

En el ámbito

En el ámbito plural que limitan, las paredes no exactas que se mueven y desplazan, la tenue luz que dejo entrar, mi única testigo, me esperan tres cosas.

Ya soy la pieza en sí misma (una cárcel). El Hombre de la Cruz no me oye.

Si la mentira es señal de miedo, que me condenen. Están condicionadas mis acciones: castigo o premio.

Tú lo dices. He desistido honrar y salvar el verbo que provoca la agonía. Enfrentaré otros dominios, mientras tanto, otros demonios. Me asombran las públicas canciones que se inclinan y declaran que sospechan que se ha ido el gusto de la fruta y el reflejo del espejo. Y sin embargo, será inconcebible para mí que ocurra esto.

El río parado y la roca de carne no me exaltan. Tu ausencia invicta toca y orilla mi imperio.

Se oponen, nada mas se oponen, al instante sufrido,

el motivo de quererte, la no paz, y la causa de haberte ido.


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