Amor al vuelo
©José O. Alvarez

    Los domingos por la mañana mientras mi mujer y mis hijos duermen llamo a mi amante que acude presurosa. Mi llamado incita la pasión de otros amantes que a orillas del lago comienzan a hacer arrumacos, decirse cositas y hacer el amor poniendo al cielo abierto como testigo.

Aprender el lenguaje de amor de las aves tuvo en principio un fin práctico. Silvano, el capataz de la hacienda La Ponderosa, me enseñó a llamar al diablo. Con sus rústicas manos hacía una ocarina cuyo sonido penetraba los bosques y montañas y, según él, llegaba hasta los profundos infiernos.

Varias veces lo intenté. Me internaba en un bosque cercano a la hora en que las sombras se alargaban. Los murmullos que siempre estaban presentes adquirían una dimensión extraordinaria. Antes de que el pánico me petrificara corría como un loco hasta la casa y me metía entre las cobijas y no abría los ojos hasta el otro día. Nunca pude ver el diablo posiblemente porque no lo hice a media noche como recomendaba Silvano, pero tenía el presentimiento que rondaba cerca esperando que olvidara mis rezos para caerme encima.

Un día por casualidad descubrí que con mi ocarina manual podía imitar el canto de amor de las torcazas que engañadas con mi canto se ponían a boca de jarro. Se me hace agua el paladar al recordar el arroz de torcaza que mi madre preparaba.

-¿Cómo pudiste ser tan desalmado de quitarle la vida a esos inofensivos animalitos? -me reprocho ahora haciendo eco de los que me hace mi mujer cuando las ve comiendo las migajas de pan que les dejo en el patio.

Este domingo me despertó su canto y respondí con el mío. Presurosa acudió y en la cerca de aluminio se desperezó, abanicó su cola y extendió sus alas esperando mi abrazo. En esa posición la encontraron los que cortan el pasto.

-Está buena para un sudado -dijo uno de ellos mientras el otro se agachaba a buscar una piedra. Posiblemente vienen de algún lugar lejano donde las hambres lo vuelven a uno desalmado.

Con el ceño fruncido aplaqué sus asesinas intenciones mientras con mi mano ahuyentaba a la torcaza para evitar la tentación.

Un pájaro agorero se atrevió a acercarse demasiado, casi a quitarme el pan que despedazaba en migas. Con ojo de águila detectó el atrevimiento del ave agorera y celosa se lanzó en picada. De perseguida por estos pájaros se convirtió en perseguidora. Su graznido dejaba entrever que no quería intrusos en ese patio.

Cuando sobrevuela por donde tengo el nido y detiene su vuelo encima de mí como colibrí o como el Espíritu Santo, siento mucha pena.

A pesar de que trato, no he podido aprender el canto de despecho de las torcazas. Me gustaría decirle que se olvide de este viejo temeroso de lanzarse a la aventura del amor, aunque a veces siento unos deseos enormes de echarme a volar con ella.

Sólo me detiene el temor de una pedrada.



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