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Humana trinidad
Yo soy yo y dos más que me siguen a todas partes. Generalmente soy yo el que
pongo la cara por lo que hacen y deshacen los otros dos.
Yo soy ordenado, responsable, hierático, madrugador y adicto al trabajo. Sigo las reglas al pie de la letra y trato
siempre de no descarrilarme. Las tentaciones las dejo pasar de largo porque evito caer en ellas. Soy tan correcto que produzco
animaversión por ello. He podido detectar por el rabillo de mis ojos que la gente que me conoce sonríe hipócritamente y con un rictus
de desprecio se conmueven de mi rectitud. No perdonan el hecho que sea un profesional, con varios títulos universitarios sumido
en el anonimato de la alienación.
Sobre mí podría escribir libros enteros que evito hacer para no dar material en bruto a los manuales de educación
cívica y urbanidad. Claro que al final de cuentas ser yo no me hace ninguna gracia porque vivo de lunes a viernes cumpliéndole al
tirano de mí mismo.
Sábado y domingo les pertenece a los otros dos que comparten su tiempo sin poner reparos. Como el yo los ha acostumbrado
a madrugar, estos tipos se levantan temprano los dos días de descanso para aprovechar mientras todos en casa duermen.
Uno de ellos es narrador y el otro pintor. Esta humana trinidad es inadmisible en un mundo que llama a la
superespecialización. Ellos han caído en esa trampa y cada uno se especializa en lo suyo aunque
los tres comparten los descubrimientos realizados en su campo.
Al narrador le gustan los cuentos breves porque piensa,
como su maestro Borges, que son los más difíciles de lograr.
A veces consulta a Rulfo porque le recuerda lo telúrico de su infancia.
Como sabe escribir se puede dar el lujo de hacer un
cuento de cualquier suceso por insignificante que sea porque
sabe extraer toda la savia subyacente que recorren los ríos de la cotidianidad.
Al pintor le encanta la abstracción. Educado por chamanes del Amazonas, sabe que puede penetrar en la espiritualidad
del color y de la forma en espacios polidireccionales. No es un místico pero cree que en el segundo de una meditación puede consultar la
infinita cantera de imágenes que escasamente alcanza a reflejar pálidamente en sus cuadros. No disfruta tanto el producto final
sino el proceso paulatino en que los colores y las formas se mezclan, entrechocan, se difuminan, explotan y crean un caleidoscopio
como el que se da cuando nace una estrella.
A este yo plural, una sola persona en tres distintos
personajes, he querido ajustarlos en una cronotopia equitativa, pero el tiempo se escapa
y el espacio se reduce.
Los tres discuten, comparten y disfrutan de cosas que los apartan
y los unen, de lazos más fuertes
que las células que comparten en ese vehículo estrictamente corporal. Eso
les ayuda a soportar cualquier crítica porque les evita el postmoderno síndrome
de la depresión.
A fin de cuentas soy yo el que muchas veces sufro la depre
porque me doy cuenta que el paso irremediable de los años
me afecta a mí que me la paso haciendo cosas que no tienen trascendencia.
En cambio lo que hacen el narrador y el pintor, puede salvarlos
del olvido.
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