Divina terquedad
©José O. Alvarez

    Cuando Dios se dispuso a crear el universo otros dioses abúlicos voluminosamente empachados de gloria le dijeron, mientras acomodaban su panza, que se olvidara de eso porque bastaba y sobraba con el verbo guardado celosamente en el secreto diccionario.

    Dios recordó que esas palabras eran las que habían retrasado su proyecto largamente contemplado en sus instantes eternos de ocio. 

    Haciendo oídos sordos a esas necesades se llenó de aire y después de lanzarlo al infinito gritó al caos que había desatado: ¡Hágase la luz!

    Y Luz (oximorónica) se (la) hizo.

    Como los dioses mayores desdeñosos lo abandonaron a su suerte, para paliar su soledad se copió a sí mismo. A esa criatura le dio un aditamento especial: el verbo sagrado que postula el universo.

    Ahora ese golem, en su verborrea que derrama a diestra y a siniestra, se cree dios y no para.



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