Razón de vivir
©José O. Alvarez

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    Orlando llevó a Maribel a presentársela a su madre y a su padrastro quienes mostraron mucho interés en ella. Por primera vez su madre era complaciente. Madre y padrastro siempre habían sido displicentes con sus cosas, pero con Maribel todo fue diferente. Sintió por primera vez que el calor de familia existía. La madre le costeó la boda. El padrastro regaló los pasajes para viajar a París acompañados por ellos. La miel de la luna parecía caer en llovizna endulzando sus vidas cuando caminaban por las calles parisinas.

Al año nació una hermosa niña. Esos nueve meses la cuidaron tanto que temió se le iban a echar a perder con tanto mimo y atención. Aunque Orlando quería un varón, la llamaron como a su madre, Esperanza. La niña se convirtió en la razón de vivir de todos.

Orlando trabajaba como agente viajero y tenía que desplazarse por lo largo y ancho de un país que cada vez se hacía más peligroso recorrer. Al comienzo le gustaba viajar por carro, pero se aburrió de que lo pararan para exigirle impuestos de guerra los grupos que estaban al margen de la ley. Empezó a hacerlo por avión, pero hasta las naves eran secuestradas. Ese ambiente de zozobra le hacía pensar en irse para otro lugar donde pudiera estar tranquilo y disfrutar con su adorada familia.

Afortunadamente Maribel contaba con el cariño profundo que le profesaban en casa de su madre. Podía viajar sin problema porque quedaba en buenas manos.

El día que los paramilitares asaltaron la población donde iba a hacer unos negocios, logró escapar de la caravana de la muerte. Huyendo como otros, por un camino sembrado de cadáveres, logró salir del lugar y regresar a casa. Con el pavor en su cara se dirigió a donde su madre donde sabía que estaba su esposa.

Para darles una agradable sorpresa decidió entrar por la parte trasera de la casa. Pasó por el cuarto donde dormía la niña plácidamente. Mientras la contemplaba embelesado sintió unos gemidos. Creyó que algo le pasaba a su madre y corrió a auxiliarla. Su mujer era la que gemía mientras su madre la acariciaba. No se dieron cuenta de su presencia. Un pavor mayor que el que había tenido cuando confrontó la caravana de la muerte se apoderó de él. Horrorizado de cometer una locura optó por tomar en brazos a su pequeña hija y huir de ese sitio sin dejar rastro alguno.


2

Mi padre dice que mi madre murió en un accidente. Cuando le pido que me hable de mi madre, me engaña con evasivas y cambia el hilo de la conversación. Por la expresión de su rostro adivino que algo me esconde. Aunque dice qué es americano, tengo mis dudas porque no habla bien el inglés y cuando lo hace su acento me hace morir de la risa.

Últimamente he notado que aumenta el flujo de personas que tienen el acento de mi padre. A los que les he preguntado me han dicho que vienen de Colombia. De Colombia sé que es un país donde se producen las plantas que procesan y exportan para que mis amigos se droguen.

Cuando empecé a remedar su acento noté que se ponía nervioso. Al confrontarle me confesó que efectivamente éramos colombianos. Me habló de la violencia epidémica de ese país, de que le había tocado salir corriendo y que en la huida una bala perdida había encontrado la cabeza de mi madre. Lo del accidente era un cuento que se había inventado para no entrar en detalles.

Después de muchas pesquisas y en forma accidental pude dar con una mujer que decía ser mi madre. A pesar de sus caricias y sus súplicas sentí que era una extraña. Notando mi indiferencia y detectando el profundo amor que le profesaba a mi padre me soltó una frase lapidaria:

-¡Ese no es tu padre!

Le di una cachetada y la dejé atragantándose con sus lágrimas. No podía soportar que el ser que se desvivía por mí no tuviera nada qué ver conmigo. La frase era una daga pero era algo que al darme vueltas en mi cabeza me llamaba como una liberación.


3

No entiendo por qué mi hija se porta tan extraño. Sus besos y caricias no son como antes. Anda obsesionada con un vídeo de la National Geographic donde se plantea que los egipcios tenían en un pedestal el amor filial y fraternal. Su comportamiento no me deja dormir, menos ahora que quiere dormir conmigo como cuando de pequeña tenía pesadillas. Como un ángel se dormía entre mis brazos.

¡Hija mía! Eres mi razón de vivir.



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