Prometeo desempleado
©José O. Alvarez

    Una bandada de chulos cubrió el cielo de Hialeah. Sus graznidos se confundían con el ruido ambiental que ha convertido su progreso citadino en uno de los más infernales del planeta.

   Una paloma blanca se interpuso en mi camino. Al sobrevolarme le saqué el cuerpo confundiéndola con el Espíritu Santo que meses antes me había salpicado de dones en una capilla de Puerto Rico. Su sobrevuelo y su tímido chillido los tomé como un buen presagio y me animé a adentrarme en las tenebrosas oficinas de desempleo. Tuve que esperar largas horas para que me atendieran porque miles de desempleados se agolpaban allí a pedir compensación por haber sido despedidos de sus puestos de trabajo.

   Yo no sabía qué era mejor; que me dejaran o que me echaran me dijo una señora de aspecto distinguido con ganas de soltar la lengua para enfrentar el tedio.

   No me diga que a ustedes les pasó lo mismo contestó otra que vestía una camiseta con un enorme letrero que pregonaba las bendiciones de Dios para ese imperio que prevalecerá sobre el mal como pregonan sus dirigentes.

   Casi todos comentaban que en sus empresas el recorte no sólo era de personal sino de sueldos. Los que estuvieron dispuestos a asumir las responsabilidades de los que se iban, por menos salario, les garantizaban la estadía. Los demás tenían que hacer lo que estábamos haciendo: engrosar la interminable fila del ejército de desocupados.

   Los displicentes funcionarios mirando por encima de sus hombros trataban de controlar ese enorme regimiento de necesitados que empezaban a impacientarse. Varios representantes de la ley, como sacados del planeta de los símios, se encargaban de sacar de las interminables filas a los que perdían la cordura para conducirlos hacia la azotea de donde se descolgaba un olor a mortecina que se confundía con los malos humores que emanaban de los cuerpos de la gente que me rodeaba.

   Luego de esperar por mucho tiempo logré arribar donde una funcionaria peliteñida de rubio, con un trasero descomunal que desbordaba su silla, me dijo que tenía que hacer otra fila para llenar unos papeles. Resignado esperé otro tanto hasta que por fin un calvo de mustia mirada me asignó una computadora para que yo mismo llenara un formulario. "Si no sabe usarla, tiene que esperar", me dijo con ese desgano que tienen los funcionarios oficiales para quienes el tiempo de los demás no existe.

   El día antes de ser despedidos nos reunieron en el salón de juntas de la compañía que se vino a pique para pintarnos pajaritos de oro; que podríamos estudiar; que el gobierno nos iba a dar la mano; que la economía se estaba recuperando y que este era el mejor de los mundos. Ese optimismo que superaba al de Leibniz se hallaba lejos de las tinieblas proyectadas por los zopilotes que sobrevolaban las oficinas de desempleo.

   Las vueltas que me daban de un lugar para otro y de un funcionario malacaroso a otro me fueron llenando de soberbia hasta que no pude soportar y comencé a despotricar de los empleados, del darwinismo neoliberal y de las desigualdades abismales de este mundo. Parecía que Schopenhauer se hubiera apoderado de mís palabras que rasgaron la oscuridad de esa ejército de indigentes que veían sin ver y oían sin sentir obnubilados por el sueño americano. Tímidamente empezaron a llenarse de mi fuego y a levantar la voz.

   Hasta ese momento comprendí el mensaje de alerta de la resplandeciente paloma blanca que trató de impedir mi entrada a ese antro de ignominia. Antes que la voz de la turba se volviera vocinglería, los gorilas me agarraron y me llevaron a la azotea donde me encadenaron a una roca. De allí era que emanaba el fétido olor. Tiras de carne de desempleados que se habían atrevido a protestar como yo estaban tiradas por toda la azotea. Los changos se las disputaban como si fueran regalos sacados de una caja de Pandora. Al verme expuesto al sol cual bandeja prometeica empezaron a despedazar mis carnes con una vitalidad tan extraordinaria que en pocos minutos acababan con mis entrañas.

   Algún resquicio de ilusión, alimentada posiblemente por mis lecturas de Leibniz cuando creía que se podía construir el paraíso en este valle de miserias, me mostró sorprendido el deseo de mis mónadas de aferrarse a la vida. El hecho de que la esperanza es lo último que me queda hace que mis entrañas renazcan de nuevo con cada picotazo.

   Por eso confiado espero que tú, afortunado lector, vengas a liberarme porque no soporto más esta terrible soledad que es más fuerte que la muerte.


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