|
Pavo
de Navidad El delicioso lechón fue suplantando por el insípido pavo luego de la
cuchillada que le propiné en la pierna al capador. No hubo nadie que
les quitara las bolas a los marranos, y yo pude dormir sin la pesadilla
de que me iban a capar. Esa primera Navidad con pavo, fue desastrosa: ninguno le echó segunda
muela a esa carne que no tenía ningún sabor. Hasta los cerdos
estuvieron reticentes a comérsela. Si al final lo hicieron fue por su
filogenética omnivorudez que los llevaba a comerse hasta sus mismos
testículos cuando los capaban. Para la Navidad siguiente el pavo fue preparado con anticipación. Una semana antes lo amarraron al enorme árbol desde donde antes me escondía a ver las diestras operaciones que el capador infligía a los marranos. Le quitaron la comida y le pusieron aguardiente para que calmara la sed. Una cosa es imaginarse a un ave borracha y otra verla, olerla, oirla,
sentirla. El grito encendido del pisco (nombre familiar del pavo) se
clavaba en la noche como una saeta. Hasta el inaudible ruido de la
constelaciones lo hacía graznar. Fue una semana de tortura inquisitorial, a tal punto que llegué a
pensar que era mejor el chillido de los marranos, porque capadas no se
hacían todos los días y cuando las realizaban duraban pocos minutos. Los que se devanean los sesos tratando de penetrar las teorías del
tiempo para saber si es finito o infinito, hubieran afilado sus
conceptos en esa semana finita que me pareció eterna. El tiempo que vivía
el pavo era biológico mientras sus carnes se iban penetrando de
alcohol. Mi tiempo era imaginario: imágenes de violencia se sucedían
con cada grito afilado del pisco en una sucesión tan abismal que me
llevaba desde el Big Bang y me desembocaba en los Agujeros Negros. La víspera de Nochebuena cesaron los atormentadores graznidos: “le
torcieron el cuello al cisne”, dijo mi hermano mayor que le gustaba
perder el tiempo con libros en lugar de laborar la tierra, arriar el
ganado, untarse de. Esa pose de erudito con que lo dijo me hizo
sospechar que era otro de sus epitafios con que bautizaba cada cosa o
evento, sacados de sus desveladas lecturas. Al pisco lo rellenaron con exquisiteces que oportunos escritores
describirían en páginas interminables. El pisco no dio un brinco. Luego de dar gracias al cielo por lo favores
recibidos, ocho batientes mandíbulas lo devoramos en un santiamén. El
alcohol que al pisco se le había bajado al cuerpo, a nosotros se nos
subió a la cabeza. Fue la primera borrachera que tuvimos en casa y que se repitió en cada
Navidad hasta que nos dispersamos por el mundo. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 2000 - 2002 Literart.org, All Rights Reserved. |