La patada
©José O. Alvarez

    Por teléfono me comentó Nelson Mosquera, posiblemente acariciando su panza de Buda, que había escuchado a Saramago diciendo que a él le habían dicho unos economistas que dizque 250 poderosas personas poseen el 45 por ciento de la riqueza del planeta.

Como no me interesan las cifras exactas (esas tareas detectivescas se las dejo al escritor Juan Pablo Salas), considero exagerado el número luego de que un profesor de economía de la Universidad de Yoayo me confirmó soto voce (“para evitar omnipotentes represalias”, esas fueron sus temerosas palabras), que no pasaban de 200 los dueños de ese capital. En la cafetería me comentó, todavía con imperceptible voce que el filósofo francés Michel Serres planteaba que "La lucha contra la mundialización debería darse más bien contra un particularismo: contra esos poderosos", algo en que estaba de acuerdo pero que no se atrevía ni siquiera a exponerlo, menos en una caverna donde las sombras imponían su dominio. Veía también que los conflictos a escala planetaria, impulsados por gobernantes peleles, reducirían aún más ese decreciente número. 

Desafortunadamente, no pertenezco a ese grupo. Estoy en la pura periferia, ni siquiera en la otra orilla. Como mis colegas saben, soy un simple profesor universitario sin ninguna garantía de tenure por no dedicarme de lleno a lo académico y pretender vivir del cuento.

Esa situación desventajosa me hace recurrir a las ofertas, a los descuentos, a recortar cupones dominicales, a llevar mi comida de lo que ha sobrado la noche anterior para el mediodía del día siguiente. El ahorro sacrosanto no sé a quién sirve porque a mí me tiene al borde de la ruina.

Es sabido también de mi misantropía. A la hora del almuerzo prefiero hacerlo con animales que con bestias humanas que miden su inteligencia por la mayor o menor cuantía de lo que poseen y cuya dicotómica intolerancia hace sonrojar a mi zoológica compañía. Los animales en cambio, no se paran en esas mientes y se alegran cuando me ven llegar. Los patos vuelan a mi lado, las hormigas levantan sus antenas y las lagartijas sacan su larga lengua para decirme hola cómo estás.

Me siento como Adán en el día sexto del Génesis. Aún más, los animales me tratan como si fuera el dios de los patos, el dios de las hormigas, el dios de las lagartijas, el dios de la creación. Esa algarabía que forman me hizo aumentar la porción de comida, para compartir un bocado de mis sobrados con todos ellos.

Como dios primerizo, cometí el error de concentrar la comida en un solo lugar. Un enorme pato, que se pavoneaba como chancho, lleno de horripilantes verrugas que le colgaban de su papada, se posesionó del mismo. Ya me había percatado de su tiránico dominio. Hasta los patos jóvenes se le colocaban en posición sumisa y él displicente los montaba para luego tratarlos de maricas y con un picotazo mandarlos a poner huevos. Mientras el gran pato comía la concentrada comida dándose la gran vida, los demás patitos zigzagueaban de hambre a su alrededor.

Opté por una solución inspirada en uno de los libros que me había regalado un evangelista que gritaba a los cuatro vientos la segunda venida de un redentor en los cuidados jardines de la universidad. Repartí salomónicamente la comida en diferentes lugares a orillas del lago. El gran pato corría de lado a lado graznando desaforado. Los pequeños aprovechaban llevarse algo en el pico cuando les daba la espalda. El miserable avasallador no comía y no dejaba comer.

No pude soportar tanta mezquindad y con santa ira traté de espantarlo. El pato graznó con más fuerza. Escuché que por su despreciable pico me lanzaba los insultos más horrendos, insultos de pato furibundo peores que los del más bajo estibador.

Hice el amago de coger una piedra para amenazarlo. Se me vino encima y si no me levanto a tiempo me saca un ojo de un picotazo. Me picoteó la mano que interpuse en el preciso momento en que iba derecho a la parte sobresaliente de mi aparato reproductivo.

Mientras detenía la hemorragia de sangre que brotó emulando al manantial del lago, con la pierna izquierda le propiné un patadón que lo lanzó a siete metros de distancia. Los oprimidos patos aprovecharon para abalanzarse sobre la comida. El aporreado pato se recuperó y graznó groserías a diestra y siniestra. Vaya a saber qué les dijo porque, súbitamente, se detuvieron, se miraron unos a otros dándose corajudos ánimos y le cayeron en picada. Atrofiado por mi patada el pato apenas alcanzaba a defenderse. Toda la fuerza se le salía por el pico en imprecaciones impublicables en este medio impreso que posiblemente caerá en manos de menores. No faltará un profesor trasnochado que, con la lógica peculiar del resentido, quiera utilizarlo para dar una lección sobre la lucha de clases. Con más furia lo atacaban los otros patos que no cejaron hasta que lo vieron con el pico entre las patas en pleno patatús.

Exhaustos los patos se detuvieron cuando exhaló el último suspiro. Ya sin la prisa que les infringía el difunto tirano comieron la comida en paz no dejando ni una migaja para las lagartijas, mucho menos para las hormiguitas.

      Con una sonrisa que me atravesaba la cara de oreja a oreja miré hacia el cielo para ver si Aquel que supuestamente lo ve todo, se había dado cuenta de cómo era que había que aplicar las enseñanzas divinamente señaladas por Él.


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