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La patada Por
teléfono me comentó Nelson Mosquera, posiblemente
acariciando su panza de Buda, que había escuchado a Saramago diciendo
que a él le habían dicho unos economistas que dizque 250 poderosas
personas poseen el 45 por ciento de la riqueza del planeta. Como
no me interesan las cifras exactas (esas tareas detectivescas se las
dejo al escritor Juan Pablo Salas), considero exagerado el número luego
de que un profesor de economía de la Universidad de Yoayo me confirmó soto
voce (“para evitar omnipotentes represalias”, esas fueron sus
temerosas palabras), que no pasaban de 200 los dueños de ese capital.
En la cafetería me comentó, todavía con imperceptible voce que
el filósofo francés Michel Serres planteaba que "La lucha contra
la mundialización debería darse más bien contra un particularismo:
contra esos poderosos", algo en que estaba de acuerdo pero que no
se atrevía ni siquiera a exponerlo, menos en una caverna donde las
sombras imponían su dominio. Veía también que los conflictos a escala
planetaria, impulsados por gobernantes peleles, reducirían aún más
ese decreciente número. Desafortunadamente,
no pertenezco a ese grupo. Estoy en la pura periferia, ni siquiera en la
otra orilla. Como mis colegas saben, soy un simple profesor
universitario sin ninguna garantía de tenure por no dedicarme de
lleno a lo académico y pretender vivir del cuento. Esa
situación desventajosa me hace recurrir a las ofertas, a los descuentos,
a recortar cupones dominicales, a llevar mi comida de lo que ha sobrado
la noche anterior para el mediodía del día siguiente. El ahorro
sacrosanto no sé a quién sirve porque a mí me tiene al borde de la
ruina. Es
sabido también de mi misantropía. A la hora del almuerzo prefiero
hacerlo con animales que con bestias humanas que miden su inteligencia
por la mayor o menor cuantía de lo que poseen y cuya dicotómica intolerancia hace
sonrojar a mi zoológica compañía. Los animales en cambio, no se paran en
esas mientes y se alegran cuando me ven llegar. Los patos vuelan a mi
lado, las hormigas levantan sus antenas y las lagartijas sacan su larga
lengua para decirme hola cómo estás. Me
siento como Adán en el día sexto del Génesis. Aún más, los animales
me tratan como si fuera el dios de los patos, el dios de las hormigas,
el dios de las lagartijas, el dios de la creación. Esa algarabía que
forman me hizo aumentar la porción de comida, para compartir un bocado
de mis sobrados con todos ellos. Como
dios primerizo, cometí el error de concentrar la comida en un solo
lugar. Un enorme pato, que se pavoneaba como chancho, lleno de
horripilantes verrugas que le colgaban de su papada, se posesionó del
mismo. Ya me había percatado de su tiránico dominio. Hasta los patos jóvenes
se le colocaban en posición sumisa y él displicente los montaba para
luego tratarlos de maricas y con un picotazo mandarlos a poner huevos.
Mientras el gran pato comía la concentrada comida dándose la gran vida,
los demás patitos zigzagueaban de hambre a su alrededor. Opté
por una solución inspirada en uno de los libros que me había regalado
un evangelista que gritaba a los cuatro vientos la segunda venida de un
redentor en los cuidados jardines de la universidad. Repartí salomónicamente
la comida en diferentes lugares a orillas del lago. El gran pato corría
de lado a lado graznando desaforado. Los pequeños aprovechaban llevarse
algo en el pico cuando les daba la espalda. El miserable avasallador no
comía y no dejaba comer. No
pude soportar tanta mezquindad y con santa ira traté de espantarlo. El
pato graznó con más fuerza. Escuché que por su despreciable pico me
lanzaba los insultos más horrendos, insultos de pato furibundo peores
que los del más bajo estibador. Hice
el amago de coger una piedra para amenazarlo. Se me vino encima y si no
me levanto a tiempo me saca un ojo de un picotazo. Me picoteó la mano
que interpuse en el preciso momento en que iba derecho a la parte
sobresaliente de mi aparato reproductivo. Mientras
detenía la hemorragia de sangre que brotó emulando al manantial del
lago, con la pierna izquierda le propiné un patadón que lo lanzó a
siete metros de distancia. Los oprimidos patos aprovecharon para
abalanzarse sobre la comida. El aporreado pato se recuperó y graznó
groserías a diestra y siniestra. Vaya a saber qué les dijo porque, súbitamente,
se detuvieron, se miraron unos a otros dándose corajudos ánimos y le
cayeron en picada. Atrofiado por mi patada el pato apenas alcanzaba a
defenderse. Toda la fuerza se le salía por el pico en imprecaciones
impublicables en este medio impreso que posiblemente caerá en manos de
menores. No faltará un profesor trasnochado que, con la lógica
peculiar del resentido, quiera utilizarlo para dar una lección sobre la
lucha de clases. Con más furia lo atacaban los otros patos que no
cejaron hasta que lo vieron con el pico entre las patas en pleno patatús. Exhaustos
los patos se detuvieron cuando exhaló el último suspiro. Ya sin la
prisa que les infringía el difunto tirano comieron la comida en paz no
dejando ni una migaja para las lagartijas, mucho menos para las
hormiguitas.
Con una sonrisa que me atravesaba la cara de oreja a oreja miré hacia
el cielo para ver si Aquel que supuestamente lo ve todo, se había dado
cuenta de cómo era que había que aplicar las enseñanzas divinamente
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