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La
monja de Borinquen Los escritores no quisieron quedarse en el convento habitado por fantasmas, menos esa noche del último día de octubre en que las brujas se pasean orondas por el viejo San Juan. Habían sido invitados a participar en la Feria Internacional del libro de Puerto Rico y todos optaron por quedarse en el hotel de la universidad aunque tuvieron que compartir el cuarto. Lo que a ellos desanimó a mí me animó. Hasta ese momento nadie se había atrevido a pecnoctar ahí, sin embargo acepté quedarme en ese antiquísimo monasterio mandado a construir por el emperador Carlos V en 1786 en el mismo lugar donde descansaban los restos de las monjas carmelitas. Cuatro llaves sampedrinas me dieron para abrir los monumentales portones de madera reforzados de herrería que conducían desde la entrada hasta la sacristía, celda que había sido adaptada como modesta habitación. Al filo de la media noche sentí un escalofrío que me dejó sentado rígido de espanto con los pelos puerco espín. El hechizo de una mirada glacial congelaba mi cuerpo a pesar del insoportable calor caribeño que me había hecho acostar desnudo. Por las rendijas de una bóveda que quedaba en un nivel inferior salía un vapor celeste de hielo. Al medio volver en mí de regreso de ese terrible espanto, cauteloso me acerqué a golpear la cripta que se vino abajo como un castillo de naipes dejando al descubierto a una mujer de inmortal belleza cuyos ojos tenían el brillo de la madrugada. –Graçias por liberarme. El pavor que se había apoderado de mí amainó un poco al dulce encanto de esa voz con acento peninsular. Por un momento llegué a pensar que era una broma de los organizadores de la Feria Internacional del libro que querían poner a prueba mi capacidad de asombro. El olor a santidad que emanaba y las caricias que me daba para regresar mis erizados vellos y cabellos a la normalidad me hicieron ver un cielo desconocido. Tratando de esconder mis vergüenzas me vestí y le ofrecí un pantalón y una camisa para que dejara ese pesado traje salido de telares medievales. Zapatos no quiso ponerse, ni tenis, ni zandalias. El calor volvió a atacarnos y la sed se apoderó de mi cuerpo que había dejado de temblar. Le propuse que saliéramos a tomarnos una Medalla y ella gustosa aceptó. Cuando me dirigía a la puerta, me tomó de la mano y me condujo por un pasadizo secreto que conectaba con la calle de las Monjas por donde bajamos. Por la caleta del mismo nombre subimos hasta la calle del Santo Cristo y nos metimos en el bar de doña María cerca del Parque de las palomas. Sentados en la barra estaban dos zuritos dándose piquitos. Cerca de ellos, dos mujeres de exuberantes atributos hablaban animadamente mientras bebían cerveza y fumaban como murciélagos. Al fondo se escuchaba la misma tonada repetida hasta la saciedad de Pablo Milanés que una de las chicas tarareaba mientras la otra trataba de convencerla de ir a hacer el amor. Mi compañera me miró con cara de interrogante y yo le contesté con alzada de hombros que ahora eso era lo normal. –Anda –me dijo desbaratando el asombro –pues parece que la cosa no ha cambiado en cuatrocientos años. Lo que no lograba comprender era que muchos turistas solitarios que caminaban despistados por las noches sanjuaneras se acercaban y me preguntaban que si la silla que ocupaba mi compañera estaba vacía. Nadie la veía aunque para mí se me manifestara en todo su esplendor. La chica reticente a claudicar a los amores lesbianos para no crearle traumas a su hija de nueve años se fue para el baño. La otra me miró desafiante y agresiva me dijo que si era que estaba loco porque estaba hablando solo. Me hice el loco y le dije que me gustaba divagar en voz alta cuando me cogían las Medallas. Sospeché que presentarle a mi compañera era servirle en bandeja de plata semejante manjar. –Me he dado cuenta de eso –dijo la machorra con la intención de meterme miedo–. Aquí a los turistas que andan solos como usted a estas horas se les aparece la monja de borinquen que fue tapiada en los muros del convento que queda en esta calle. Noté que mi compañera se puso incómoda y me dijo con la mandíbula señalando la puerta que nos fuéramos. –Déjeme yo lo invito –me dijo la marimacho cuando quise pagarle a doña María–. Y ojalá que se encuentre con sor Imelda. La alcohólica carcajada que los habitantes del bar lanzaron celebrando su estentórica maldición golpeó los oídos de mi compañera que se los cubrió con las dos manos. En la calle del Santo Cristo, y somo si descubriera un secreto a voces, me confirmó que ella era sor Imelda. Le dije que lo presentía desde el momento que la había visto por primera vez encerrada en esa cripta del convento. Mientras caminábamos por la calle de San Sebastían, en medio de una humareda de marijuana que salía de los bares aledaños colmados hasta el tope de jóvenes y jovencitas que mostraban su ombligo al mundo, me contó su triste historia y cómo su angelical belleza había sido su perdición. Sor Imelda era prima de Carlos V y se había recluido en el Monasterio de "El Abrojo" en Laguna de Durero. El emperador mandó construir un palacio y compró todas las tierras aledañas para convertirlas en bosques reales. Quería estar cerca de esa amada esquiva. Huyó de él con destino al Nuevo Mundo al saber que quería desposarla. Era conciente que las uniones consanguíneas que se daban en las monarquías de la época concebían retoños que en la edad madura eran perseguidos por los fantasmas de la locura como los que atacaron a su bisabuela Juana. Aunque no era hija legítima, su primo Carlos estaba enloquecido por ella. Su ardiente belleza había trascendido las fronteras y no sólo era su primo el que quería poseerla sino casi todos los desquiciados herederos de las dinastías reinantes. En el Nuevo Mundo se metió en el convento de las hermanas descalzas tratando de ocultar esa belleza que eclipsaba todo. El monje encargado de la Inquisición criolla se enamoró perdidamente de ella. Por el pasadizo secreto, que sólo él conocía para llegar al convento por el lado del pasaje de las monjas construido durante el sitio de Barbarroja, entraba sigiloso a refocilarse con algunas monjas. Una noche se le apareció en su celda y quiso violarla pero sor Imelda pataleó, manoteó y gritó como endemoniada. Las otras monjas corrieron a su celda y encontraron al monje maldito exorcisándola con las memorizadas retahilas que utilizaba sacadas del manual inquisitorial Malleus Maleficarum. El monje, que por las calles estiraba con desdén su brazo para que le besaran su enorme anillo que luego con asco se quitaba para meterlo en alcohol, le hizo un juicio. Pesó más la ciega lealtad que las órdenes cerradas tienen hacia las autoridades y terminaron aceptando el castigo que propuso el monje para lavarse sus mofletudas manos. Sor Imelda fue tapiada en vida en la cripta donde la había encontrado. Por eso caminaba agradecida de mi brazo aspirando la brisa caribeña que levantaba su hermosa cabellera que se confundía con la noche de San Juan. Un estrepitoso bramido de sirena de un enorme transatlántico apresuró el paso de una innumerable cantidad de turistas que se dirigieron hacia el muelle para embarcar hacia otras tierras. Sor Imelda me arrastró hasta el malecón porque sintió el llamado de su tierra. Yo corría, ella volaba. En el puerto, entró al enorme edificio flotante sin que nadie la detectara. Traté de seguirla pero los guardias de seguridad me impidieron el ingreso al crucero que iba para España. Dispuesto a no perderla, insistí como un poseso. Me maniataron y me encerraron en esta
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