Juan Pablo el marchista
©José O. Alvarez

    Juan Pablo se alinea siempre con grupúsculos que todavía tienen viva la llama del ideal. Ante un mundo oscurecido por el cinismo, la voz de jóvenes como la de Juan Pablo, es como una arenita en el desierto.

    Un perro moribundo atropellado por un carro fantasma y salvado por el llamado solidario que hizo otro joven como Juan Pablo a través de la Internet, fue la chispa que dio nacimiento a un proyecto que pretendía salvar a la moribunda Colombia y de una vez por todas acabar con su violencia endémica.

    Al proyecto se le midieron jóvenes de todo el mundo al ver que la propuesta reflejaba una sutura a los ideales rotos por las generaciones anteriores que los habían traicionado.

    Juan Pablo puso su destreza de escritor en redactar los siete puntos del siguiente comunicado por la paz:

"Yo, colombiano del siglo XXI, en unidad con mis hermanos colombianos y en un acto voluntario y libre, declaro:

  • 1. Que perdono a quienes me han causado daño y pido perdón por todo el daño que consciente o inconscientemente he causado a mis hermanos colombianos y a mi país.
  • 2. Que elijo la vida como la más importante de las instituciones y me comprometo a defenderla en toda circunstancia.
  • 3. Que renuncio a ejercer cualquier forma de maltrato, intolerancia y violencia.
  • 4. Que pido que inmediatamente cesen el secuestro, la represión y la muerte.
  • 5. Que eligo amar y respetar a mi hermano y a mi país y que manifestaré ese amor con mi servicio desinteresado.
  • 6. Que prometo participar en la generación de ideas constructivas para mí, para mi familia y para mi país.
  • 7. Que con este acto entrego mi corazón entero a la causa de la paz, ayudando a construir una Colombia justa y equitativa donde se pueda ser libre y feliz."
    Un brillo mesiánico en los ojos se apoderó del grupo que se confundía con el color naranja con que vistieron. Como nuevos profetas se enfrentaron a la indiferencia de sus compatriotas cansados ya de tantas promesas incumplidas y preocupados más por satisfacer sus necesidades primarias.

    -¿Usted se le mide? -me confrontó Juan Pablo la primera vez que lo conocí en el consulado colombiano de Coral Gables luego de una misa en memoria de las víctimas de los ataques terroristas en Nueva York y Washington.

    -Claro... -le contesté con temor pensando que era un kamikase que estaba dispuesto a ir a inmolarse en las cuevas afganas con tal de arrasar a los enemigos como lo había planteado sabiamente el sacerdote en el sermón.

    Juan Pablo me puso el brazo en el hombro y como si fuéramos amigos de toda la vida me dijo que se llamaba Juan Pablo, que me invitaba a mí y a toda mi familia a unirme a la marcha de 3 millones de colombianos que irían a San Vicente del Caguán a pedirle a Tirofijo y a sus secuaces a que depusieran las armas y como mansas ovejas se aunaran al redil para construir una patria justa, libre y soberana.

    Horrorizado me zafé de su abrazo. Quise espetarle todo el odio que sentía contra esos demonios que habían puesto al país de rodillas amparados en unas negociaciones que servían solo para aumentar su poderío.

    -¿Pero es que usted no ha escuchado a Bush? ¿Acaso no se da cuenta que esos son peores que Osama bin Landen porque no creen en Dios?

    -Usted no entiende.... - me dijo Juan Pablo en tono conciliatorio tratando de enfriar la sangre que se me había subido a la cabeza, -nosotros lo que queremos....

    -.... ustedes lo que son, son unos idiotas útiles, marxistas trasnochados, hippies drogos -le interrumpí señalando acusatoriamente con el índice mientras le miraba la cola de caballo que me había puesto en ascuas cuando me colocó el brazo por encima de mi hombro.

    -Pero... -insistió Juan Pablo.

    -Aquí no hay pero que valga. Eso hay que dejarlo en manos de Dios y de Estados Unidos que son los que tienen el poder de barrer esas alimañas -le dije marcando las palabras para ponerle punto final a su atrevimiento de hacerme acalorar luego de haber comulgado y rezado para que Dios iluminara a nuestros líderes en extirpar el mal de la faz de la tierra. Mientras retomé el coro de la Virgen que ha venido a América a traer la paz, me alejé con disgusto del consulado.

    Juan Pablo, como buen marchista de la paz, no se amilanó y siguió repartiendo volantes tratando de convencer a la gente para que se le midieran a la marcha de los 3 millones al Caguán.



| Presentación | Narración | Ensayo | Poesía |
| Plástica |
Copyright 1995-2001 Literart.com, All Rights Reserved.