Manifiesto antipoético
©José O. Alvarez

Nelson leyó su manifiesto dejando escapar una sonrisa burlona que cubría su expresión agraz. Con media docena de Coronas encima, de la docena que sagradamente llevaba a cada reunión, la voz le pesaba como su barriga precoz toque de buda. Las saetas que lanzaba con ese tono pausado, mesiánico, behemothiano, fueron despertando la abulia de los que estábamos cansados de oir poemas. Los poetas se sobresaltaron y entre sí se miraron con evasivas como si estuvieran recibiendo una paliza. Unos pocos comenzamos sutilmente a llevar el ritmo con el pie como si los reflejos se nos hubieran desencadenado. El luto con que siempre Nelson y su mujer se enfundaban, pareció recibir el rayo de luz que emanaban sus ojos burlones. Hasta el sombrero del mismo color que no se quitaba aunque "la noche hubiera cubierto con su manto las hogueras de la tarde", parecía iluminarse. Sin proponérselo habían optado por ese color, presagiando funerales permanentes a que asistían, donde la poesía era el cadáver a velar en las tertulias literarias.

El manifiesto, salido de tono en una época de nihilismo y cinismo rampante, dejaba sin pies ni cabeza todo lo sagrado y lo profano. Se detenía prolijamente en explicar que la causa del desastre ecológico era el gasto de papel que las imprentas utilizaban consignando dos o tres frases por dos o tres hojas en blanco. Los vates exigían ésto a los editores para abultar la obra y darle buena presentación posiblemente convencidos que esos espacios en blanco pertenecían al silencio sonoro logrado por Mallarmé. Unos llegaban al extremo de Emmet Williams de colocar una letra en las páginas para que los libros no fueran leídos sino que al ser hojeados rápidamente se encontraran las palabras. Las poetisas eran las que sufrían la peor andanada de improperios que respondían con gestos que las asemejaban a Gorgonias. Murmuraban que el orador se desquitaba con ellas del férreo matriarcado que la sacerdotisa del amor ejercía en su casa y fuera de ella.

Emulando al Club de la Serpiente que Oliveira había establecido en París, un descendiente del prócer Miranda había formado el Círculo de mismo reptil en Miami con el objetivo de elevar el nivel cultural de esa metrópoli que lo tenía al nivel del mar que bañaba sus playas. No en vano sus disertaciones se remontaban hasta el origen del universo. Quería dar una visión completa a esa ciudad ciega a la cultura. Varios de los asistentes, irreverentes de por sí, comentaban a media voz que lo único que le quedaba de Miranda era la cola del equino que el héroe montó. Nos reuníamos cada segundo viernes de mes a escuchar poesía y cuentos pues el primer viernes lo dedicábamos a pasear y beber vino barato que daban en las galerías de Coral Gables.

Los cuadros de la galería El Sol ubicada en Coconut Grove en el mismo boulevard en que muchos se solasaban bebiendo y comiendo en las aceras, nos miraban impávidos mientras los vates leían sus poemas. A veces me daba la impresión que querían salirse del marco ante tanta desfachatez. Para evitar que mis pensamientos se dejaran llevar de la mano de imágenes simples, me imaginaba metido en ellos siendo a veces unas manchas de color, otras naturaleza muerta con esas palabras insensatas que salían de la boca de quienes se proclamaban los destinatarios de las musas.

En los intermedios unos osados críticos que eran los menos, se atrevían a formular oraciones patibularias condenando la pobreza metafórica, la ausencia filosófica y la falta de ritmo. Otros menos atrevidos, criticones al fin y al cabo pero con herramientas teóricas deplorables, torcían los labios. Los agraciados, familiares o amigos entrañables perdonadores de faltas graves, se dejaban cautivar de la rima consonante de infinitivos, gerundios y participios pasados. En gesto de aprobación arqueaban las cejas reprimiendo las manos que se les querían desbocar en aplausos. Estos, que eran la gran mayoría, ponían más furiosos a los cuadros y a las naturalezas muertas que parecían revolcarse en sus tumbas enmarcadas.

A veces la discusión se adentraba por los vericuetos de la poética. Miranda remontaba vuelo desde los orígenes hasta llegar a las vanguardias. Ante el completo descarrío poético trataba como su antepasado de levantar el estandarte liberador. "Hay que aceitar al poema" proclamaba tratando vanamente de que los poetas se comprometieran con la vida, aclarando que esa toma de conciencia tenía que desenmascarar la esquizofrenia del amor por el presente, el cinismo rampante, el nihilismo exacerbado, el anarquismo recalcitrante y el neoliberalismo darwiniano propios de la postmodernidad.

Esa empresa libertaria era encumbrada e inaccesible para burdos bardos. Al igual que la postmodernidad, el Círculo de la Serpiente empezó a moderse su propia cola y sufrió la desbandada apocalíptica. Al final terminamos por ir dos o tres pelagatos que no habíamos tomado en serio el manifiesto agorero. Como si una profecía autocumplida se ciñera sobre el lugar, los cuadros se dejaron contaminar de la falta de poesía de acuerdo a lo que manifestaban los compradores de arte. El dueño tuvo que cerrar. Decidió montar un restaurante apabullado por la convicción de que la comida para el cuerpo produce más que la de para el alma.

Junto con los desamparados considerados desechables por The Establishment, los poetas poco a poco empezaron a desaparecer sin dejar rastro. Las brigadas de limpieza social encontraron el sustento teórico para establecer en la práctica lo formulado por el manifiesto nelsoniano:

"Salve el planeta, mate un poeta"



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Anderson, Perry. (1988) "Modernidad y Revolución" en Modernidad y Postmodernidad. VV.AA. Alianza Editorial. Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Harvey, David. (1991) The condition of Postmodernity. Blackwell. Cambridge. Massachussets.
CB428 .H38 1989 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jameson, Frederick. (1985) "Postmodernismo y sociedad de consumo" en La Posmodernidad de Hal Foster et al. Kairós. Barcelona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Norris, Christopher. (1990) What's wrong with Postmodernism (critical theory and the ends of philosophy). John Hopkins University Press. Baltimore.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emmet Williams, poeta y teórico americano. Para poder leer el poema Sweethearts (1967) hay que hojear rápidamente y el movimiento de las letras en las páginas casi en blanco permite descifrarlo.