LeonnoeL
©José O. Alvarez

    LeonnoeL llegó a mi casa huyendo de la violencia.

    Convencí a mi mujer para que se estuviera una semana.

    -Que sea una semana -aclaró ella marcando en la frase una orden inapelable.

    Esa orden la habían recibido amigos lejanos cuando iba y me les instalaba en sus casas. Aunque era empleado oficial, viajaba sin viáticos. Amantes del arte y la literatura me acogían gustosos a disgusto de sus esposas.

    LeonnoeL es un artista y ésto lo hermana conmigo. Por eso mi casa era su casa como la casa de los otros fue la mía.

    "Sé que se va a quedar una semana", pensé, conocedor de la conchudez de artistas como LeonnoeL.

    -Sé que se va a quedar más de una semana -dijo mi mujer torciendo el pico. -Pero esta vez no lo voy a soportar, -remató con esa coraza que coloca para cerrarse al diálogo.

    La luna de miel de los primeros días LeonnoeL empezó a estropearlos con su desorden. Eso puso en alerta a la nana que ordenaba el desorden de los niños pero "no el de grandulones desordenados" como se lo dijo a mi mujer quien con la mirada con empujón de quijada me recordó la frase dicha al principio.

    LeonnoeL ni se daba cuenta del territorio que iba marcando por todo lado. Lienzos, marcos, bastidores, cuadros, pinturas, vasos, iban quedando regados. Necesitaba el caos para crear a partir de él como lo hacen los dioses.

    Para complicar las cosas, aunque esa no era mi intención, se me ocurrió hacer una venta de arte y convertí mi casa en una galería. Pusimos un cartel en la esquina de la casa y nos sentamos a esperar. Llegaron muchas personas pero ninguna compró. Esperaban encontrar reproducciones como las que se ofrecen en las ventas de arte del Ramada Inn de Hialeah.

    LeonnoeL acostumbraba a cobrar precios altos por sus obras cuando la situación del país lo permitía. Pero había bajado los precios por el piso y aun así a la gente se le hacía muy caro. Ocultaban con excusas el quedar como cicateros y decían que en últimas los cuadros no jugaban con los muebles.

    -Los vecinos se van a quejar y van a poner una multa -dijo mi mujer al ver interrumpido su sueño sabatino y dominical a tan tempranas horas.

    Una multa por mil dólares llegó notificada en el correo de los miércoles.

    "Te lo dije", fue la frase que se me vino a la mente. Era tan repetitiva en mi mujer que parecía que resonaba en el ambiente a tal punto que cuando ella lo dijo me pareció que era un eco a mis pensamientos.

    LeonnoeL se desencajó más que cuando le dijeron que tenía que abonar 18 millones de dólares para que soltaran a su hijo que habían secuestrado. El blanco de sus cabellos adquirió la fuerza de un Malevich. LeonnoeL había logrado juntar 10 millones de dólares que los guerrilleros generosamente aceptaron luego de haber vendido hasta el nido de la perra.

    Llevaba días sin recibir un peso y esos mil dólares pesaban más que los 18 millones. El golpe había acabado con su patrimonio llevándose consigo toda la inspiración que resucitó el hecho de haberle tendido una mano cuando todos "sus amigos" le sacaron el cuerpo.

    Quiso recuperar el tiempo perdido y con pinceladas y brochazos que emulaban a Obregón creaba obras de una calidad tal que sobrepasaba el rasero gusto de "no juega con los muebles" de los curiosos que se acercaron a novelear.

    Al fracaso de la venta se sumó no solo la multa sino el pago urgente del arreglo de los carros. La cristiana señora que cuidaba los niños que combinaba biblia con superstición dijo que se iba antes de que esa racha de mala suerte "que trajo su amigo", como lo repitió varias veces, le cayera encima con todo el peso de esas desgracias apocalípticas que ella proclamaba especialmente después de llegar del círculo de oración. Su carro también se había descompuesto y, aunque era de esperar por lo viejo, le echaba la culpa al pintor. "Algún karma debe estar pagando", mascullaba como si fuera un rezo.

    -O se va él, o me voy yo -lo dijo de tal manera que creí que era parte de una de las alabanzas mezcladas con el estribillo de la Gota fría, la canción vallenata que no se cansaba de escuchar.

    La mirada que me cruzó mi mujer fue como un sablazo que cortaba de tajo cualquier solicitud de clemencia hacia el artista.

    LeonnoeL tuvo que regresar a Colombia con el rabo entre las piernas. En mi cabeza se agolparon las historias de los artistas que sólo la muerte resucita. Una nostalgia grande que vidrió mis ojos me embargó cuando lo dejé en el aeropuerto. La despedida tenía el sabor amargo de los adioses que se dan al borde de la tumba.

    Por unos breves momentos, LeonnoeL había liberado en mí al músico, poeta y loco que se encuentra aprisionado en la burbuja del sueño americano.



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