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Círculo hermenéutico
"Buenas noches. Me llamo José Alvarez y me han pedido que tome la palabra
en nombre de una académica que a última hora dimitió.
Para emular su ponencia he recurrido a la hermenéutica arquetípica, la ciencia que me permitirá adentrarme como Hermes
en los laberintos crípticos de los mensajes abiertos y velados de estos escritores de la diáspora.
Retomo para ello los planteamientos de Martin Heidegger quien logró penetrar a través de una filosofía de entendimiento
humano el círculo hermenéutico propuesto por Federico Schleiermacher.
Deconstruir esos mensajes de los cuentos que esta noche van a leer es una tarea que Derrida haría de dos formas:
la primera, denunciando el discurso central; la segunda, exponiendo los límites conceptuales metafísicos para que no quede por fuera
ni el significante, ni el significado, ni la significación.
Este criticismo genético fenomenológico de buscar la historia detrás del cuento es la herramienta que me permite como
académico auscultar el pulso de la poética expresiva semiótica cuya recepción estética está presente en autores de calibre como los
que esta noche nos honran con su presencia."
Las caras de todos los que habían ido a participar en la tertulia literaria organizada por el consulado de Colombia
en Coral Gables, estaban marcadas por un interrogante como preguntándose qué diablos hacían allí, o qué diablos hacía el petulante
conferencista con esa jerga filosófico literaria que no tenía ni pies ni cabeza.
Sentados en la mesa de honor, los escritores también se miraban atónitos poniendo en duda que sus cuentos ameritaran
disquisiciones de esa índole. Los habían escrito solo para divertir y no para devanarse los sesos.
La mayoría de los asistentes a la tertulia eran mujeres que habían dejado a sus esposos en casa disfrutando del
partido de fútbol que se jugaba a la misma hora de la tertulia entre las selecciones de Colombia y Chile. Los equipos participaban
en una Copa que por fin le traería paz al convulsionado país suramericano.
Sin embargo, a pesar de haberle puesto cabeza a la decisión de asistir al consulado a cultivar el intelecto, las palabras
emitidas por el conferencista pasaban de largo. "Más fructífero hubiera sido quedarnos viendo el partido en estos momentos
cruciales para la patria", pensaban dándole la razón
por primera vez a sus maridos.
-¿Por qué es que si ese carajo está hablando en español no le entiendo ni jota? -le dijo a soto voce una puertorriqueña
a una distinguida canosa que ya empezaba a dar muestras de impaciencia rascándose la cabeza como se la rascan los que tienen una
preocupación de peso mayor.
Un murmullo como de panal de abejas empezó a cundir en el Salón Santander del consulado e hizo que el conferencista
levantara la cabeza para encontrarse con otras estupefactas. Las mefistofélicas cejas alimentadas de una penetrante mirada cortaron
de tajo el murmullo. Posiblemente para no romper el silencio sepulcral que se posó sobre el salón, sin decirlo con palabras les dijo
con señas que qué pasaba. La distinguida canosa levantó tímidamente la mano y pausadamente como midiendo las palabras demostrando su
fina intención de ocultar su ignorancia dijo:
-Lo único que he entendido es que usted se llama José Alvarez.
El consulado se vino al piso de la estruendosa carcajada que todos soltaron al tiempo y de los aplausos a rabiar que
arrancó esa interrupción tan oportuna.
-Oh... lo siento, -dijo el conferencista que recibió la carcajada como una violenta cachetada a su hermenéutica postura.
Trastabillando de nervios se dirigió a la mesa donde había dejado una carpeta. Al regresar al podio pidió excusas
inclinando seguidamente la testa como anfitrión japonés.
-Esas eran las notas de una ponencia que voy a dar en la Universidad de Yoayo sobre otra diáspora de las muchas
que abundan en estos días -dijo tratando de recuperar la compostura de aquellos que se dan cuenta que han estado orinando fuera del
tiesto.
La rigidez que había empezado a imponer las galimatías que desde la torre de cristal del podio dirigía el conferensita
se rompió en pedazos y creó un ambiente de verdadera tertulia que los escritores Rafael Vega, Marta Daza, Juan Pablo Salas, Jaime Cabrera
y Luis Miranda se encargaron de hacer amena.
Solo una escritora, con pose de intelectual consumada y cuya crítica literaria aparece en las mejores revistas del
género pidió primero y luego exigió al conferencista que le diera una copia de esa "circunspecta ponencia" como lo recalcó con ínfulas
de pavo real frente a un grupo de tertulianos que degustaban una picada ofrecida por el restaurante "Los Arrieros".
Los del corrillo se abrieron como onda en lago al recibir una pedrada y los dejaron solos para que disfrutaran
de la conversación de altura que se da en los círculos hermenéuticos.
Acostumbrada a la jerigonza que manejaba en sus ensayos literarios, le reprochó al conferencista el que hubiera
interrumpido la ponencia que ella estaba entendiendo a cabalidad.
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