Almas gemelas
©José O. Alvarez

    No sé cómo supo de mi muerte pero, ... me alegro de verlo feliz.

    Ahora que soy como los dioses lo veo llegar a casa, abrazar a mi mujer y en ese abrazo sentir que no volverán a separarse nunca, como lo hicimos 20 años atrás cuando éramos amigos inseparables.

    Victoria era su novia y yo se la quité. Había empezado a dejarme metido, a incumplir nuestros compromisos que eran ineludibles: ir a bañarnos al río, matar pájaros por matarlos, retozar con la gorda Betty hasta hacerla gritar con sus orgasmos, robar frutas en la Granja San Isidro, montar en la burra rucia, etc.

    Me dio rabia con Victoria. Ella era una niña bien que veía mal lo que hacíamos. Hugo empezó por mantenerse arreglado, peinadito, perfumadito, por no matar pájaros o por toser o empujarme para que errara el tiro, por verle demasiados gordos a la gorda Betty, por denunciarme donde don Miguel como el roba frutas, por regar el cuento que la montada en burra era para ... etc.

    Le puse peros a su relación con Victoria; que era una mimada, creída, malcriada, flaca, narizona, desgarbada, ojos de sapo, chillona, teta 'e limón, diente 'e conejo, jetona, etc. Hugo se aferraba a ella hasta que un día no se aguantó y me reventó la enorme que tengo y que le criticaba a su adorable novia.

    No reaccioné porque me golpeó de sorpresa y porque la sangre no se detenía. Pensé que por la boca iba a morir. Por varios días dejé de verlo. No le guardaba rencor porque el aburrimiento me lo impedía. Sentía que solo, las travesuras carecían de sentido. No había con quien comentarlas hasta la saciedad.

    De lejos los espiaba. Eran felices. Estaban hechos el uno para el otro. Hasta Victoria se veía bella, no le chillaba la voz, los ojos eran dulces, los senos y el trasero deliciosos y la boca como las moras que arrancábamos cuando íbamos para el río. Victoria era un ángel y yo era una bestia. Así me porté y la violé.

    El escándalo de la niña bien se evitó con nuestro matrimonio. Nos enviaron a la ciudad donde el anonimato no dejaba rastro para el escarnio. El dinero de nuestros padres estaba allí para mantener el prestigio y todo lo que eso conlleva.

    Acostumbrado al beatus ille, en la ciudad fui infeliz como fue mi matrimonio con Victoria quien siempre suspiraba y en su suspiro alcanzaba a leer en letras mayúsculas el nombre de su amado, mi gran amigo.

    Ahora me doy cuenta que Hugo juró no perdonar nunca mi traición hasta que me muriera. Ahora que sabe que descanso para siempre en este ataúd, lo ha hecho porque el abrazo, que los ha hecho temblar tanto a él como a Victoria, les ha demostrado que siempre fueron almas gemelas.
 


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