Elsoytú
©José O. Alvarez

    Una nueva Venecia se abrió ante mis ojos. El cielo se miraba en esas aguas limpias que los habitantes cuidaban con amor. A pesar de ser un extraño en esas tierras me había aventurado hasta los sitios más apartados siempre atento al asalto pistolero de cualquier esquina. No tenía equipaje, sólo lo que llevaba encima y no sabía dónde iba a pasar la noche. 

    Unos muchachos que se encontraban en la calle no se inmutaron con mi presencia y continuaron con su ensayo de bailes y música cuando me les acerqué. Uno de ellos me dijo que si era amigo de Elsoytú. El nombre me sonó familiar pero no la persona. Les dije que sí, suponiendo por la forma como preguntaron era alguien importante en ese lugar.

    –Nos dijo que lo recibiéramos –dijo uno de los chicos dejando la guitarra a un lado. Se levantó del puesto y me dio la mano con la firmeza y calor que emanaban sus hospitalarios ojos. Seguidamente me tomó del brazo para ir en busca de Elsoytú.

    Cruzamos por la plaza de mercado y las generosas vendedoras le regalaban viandas. Recordé la película “El Padrino”, cuando la gente de buena gana se quitaba lo poco que tenía para dárselo al “don”. Viniendo del mundo de la realidad, imaginé que Elsoytú era un gran capo que imponía su dominio a punta de pistola. Me extrañaba la amabilidad de la gente. Todos me saludaban con cariño. Como Cristóbal Colón, me impresionaron la limpieza de la ciudad y la pulcritud de las gentes como si todos fueran hijos de reyes. Esa alegría desbordante me inundaba y una sonrisa se posó en mi acostumbrado rostro fruncido. Cruzamos la ciudad y llegamos al piedemonte de una montaña. A lo lejos se divisaba una cueva. Un hombre ciego como Homero salió a recibirnos. Su mirada perdida hacia el horizonte le permitía auscultar lo que se alejaba o se acercaba.

    –Te presento al maestro quien con cuentos como parábolas nos ha enseñado a vivir en paz –dijo el guía arrobado señalándome al anciano.

    –Sabía que vendrías –me dijo mientras abría los brazos para saludarme.

    De la cueva salía una energía que se confundía con la del profeta. Su enorme barba y su pelo largo como uno de los mil colores de la nieve le daban las características de un dios listo a crear el mundo.

    –Si lo que te preocupa es dónde pasar la noche, aquí puedes quedarte hasta que desees –dijo el ciego con voz dulce como si adivinara mi preocupación.

    –La clave de la felicidad está en desear poco y que ese poco sea demasiado –me dijo al ver mi sorpresa al notar que no tenía nada que lo atara a este mundo.

    Ahora que veo llegar por el camino a ese escritor que busca por todos los medios cómo colocar su libro en la lista de los bestsellers, recuerdo el día en que llegué afanoso buscando lo mismo. Un alivio me recorre por que sé que viene a reemplazarme.

    Cuando murió mi maestro, la gente empezó a tratarme como si yo fuera Elsoytú. Ya para entonces había despertado convertido en profeta, con barba larga y pelo largo del color de la ceniza semejante a los de él y al de todos los que lo precedieron.


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