Beverly Hills criollos
©José O. Alvarez

    La suerte de los Beverly Hills cayó en mi casa. Mi padre, cuya visión franciscana de la vida lo llevaba a conformarse con poco y sentir que ese poco era demasiado, vio con recelo la intrusión de topógrafos, ingenieros y gringos en su campo cultivado con amor.

Después de un interrogatorio, con intérprete al lado, se enteraron que allí brotaba un aceite negro que mi padre usaba de combustible para encender antorchas que competían con las estrellas en las noches decembrinas.

La descansada vida que mi padre había escogido al huir del mundanal ruido voló en pedazos con las explosiones, perforaciones y ruido de motores que ululaban día y noche.

Así como llegaron con toda su parafernalia petrolera así se fueron dejando la finca convertida en una Jericó derrumbada. Arrume de cables multicolores se amontonaban por todas partes. Mi padre los organizó y con la paciencia de Job los cortó para que sirvieran de argamasa de los bloques de cemento que elaboró para cambiar el rancho de paja en una casa de concreto hecha a prueba de balas.

Los ripios que pagaron por utilizar nuestra tierra apenas alcanzaron para levantar paredes y techo. Puertas no colocó porque en esa época, según mi padre, nadie se atrevía a entrar en casa ajena sin ser invitado.

Después de 30 años han vuelto a merodear la finca las compañías petroleras en busca del obelisco tatuado de códigos que dejaron en el sitio donde más brotaba la sustancia viscosa que le servía a mi padre para encender antorchas en las noches decembrinas.

No lo encontraron en el sitio que señalaban los satélites interplanetarios sino en el patio de mi casa donde lo había colocado con mi hermano menor con el fin de despistar a buscadores de oro negro.

Ahora quieren repetir lo que hicieron 30 años atrás. Nos han ofrecido el cielo y la tierra si aceptamos vender la casa y la finca.

-Podrían emular a los Beverly Hill -nos dijo un gringo arrastrando las erres.

Una sonrisa sarcástica que pisoteaba nuestra ingenuidad campesina brotó de los labios de quienes acompañaban al rubio personaje convertido en camarón por el calor de la tierra.

Uno de los representantes del gobierno nos aconsejó que lo mejor que podíamos hacer era vender para evitar el desalojo.

-En definitiva lo que existe en el subsuelo es propiedad del estado, -sentenció el empleado oficial.

-Y la propiedad del estado es propiedad del amo, -concluyó mi hermano, cuyas arengas revolucionarias todavía se le escapan en presencia de los imbéciles.



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