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Anaquel de los recuerdos
Héctor, el siquiatra, ha tenido tantos trabajos como semanas tiene el
calendario. De tanto repetirse ese ciclo de renuncias y aceptaciones ha logrado establecer un horario que sigue a cabalidad:
Toma tan en serio su papel de redentor que se echa encima el peso de las sandeces que tiene que escuchar y que lo sumen en el calvario que termina
en el gólgota del fin de semana.
Afortunadamente para él, y desafortunadamente para el mundo, las gentes que necesitan sus servicios aumentan
en progresión geométrica a medida que se globaliza más la economía. Tiene trabajo asegurado porque se lo disputan las proliferantes
clínicas de reposo sabedoras de su enorme sacrificio expiatorio.
Antes los curas se dormían escuchando las culpas de sus fieles en el confesionario. Los siquiatras los han suplantado y persona que se
respete se vanagloria de tener uno de cabecera. Poder contar con estos servicios es un triunfo obtenido de las luchas obreras. El seguro
los paga. Una sociedad que le ha dado la voz a todo el mundo y cuya vocinglería ensordece, necesita tener a alguien
que la escuche y nada mejor que los siquiatras.
Le sigo la pista a Héctor porque uso sus servicios y de acuerdo a mi estado de ánimo busco el día propicio para ir a su consultorio. Es una
oportunidad que no me pierdo porque en lugar de exponer en el sillón de Freud todos los demonios que llevo adentro, hablamos de literatura.
Tanto ha sido mi cuestionamiento sobre sus pacientes que Héctor, a través de hipótesis y deducciones aprendidas en la escuela de siquiatría,
ha auscultado mi mente para descubrir que me interesa ese material en bruto que recoge en cada una de las sesiones con sus clientes.
–Deseo estudiar siquiatría –le dije la vez que sentí que me había descubierto.
–No lo hagas –me dijo arrastrando la voz. Era un viernes.
–¿Por qué? –le dije extrañado. El había descolgado su título de Doctor en Literatura y lo había reemplazado por el de siquiatría.
–El exceso mata –dijo después de tomar un poco de aire como si la frase se cumpliera en sí mismo. –La realidad supera a la ficción, –concluyó
luego de otro suspiro apenas perceptible.
–Pero tú has escrito una novela sobre "Las memorias del sanatorio"–le dije con un interrogante que me hizo alzar los hombros y arquear las
cejas.
–Sí, –contestó al rato –pero son un pálido reflejo de lo que tengo que enfrentar.
–Hagamos lo siguiente –le dije con la determinación de quien ha encontrado un eureka. –Cada semana tu escoges el caso que más te impacte
y me lo cuentas.
–Eso no es posible –contestó con un rictus de impaciencia. –La confidencialidad me lo impide–. Luego cambiando a movimiento de péndulo
positivo dijo: –puedo perder la licencia y ya sabes que tengo dos bocas que alimentar.
Sabía que en él pesaba más el juramento hipocrático que una ley impuesta por los mismos hipócritas que la violaban.
Héctor se expuso a perder su licencia. Sin decirme el nombre del paciente me contó varios casos que eran imposibles de plasmar en el
papel. Superaban cualquier expectativa y eran un reto mayor al que enfrentó Menard el de Borges.
Esa avalancha me dejó anonadado como si toda la resaca del mundo hubiera caído de golpe encima mío. Opté por colgar la pluma al comprobar
que la mejor literatura no es la que se escribe sino la que reposa en el anaquel de los recuerdos.
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